Más que una receta futbolística, Milan parece en los últimos años a la caza de un médico que cure sus heridas y le haga recuperar la memoria de sus tiempos felices. El club supo no hace tanto de épocas en las que desbordaba de gloria, pero en los últimos quince años apenas pudo ganar un Scudetto en 2022. Y desde 2007, cuando obtuvo la Champions y el Mundial de Clubes, tras superar en la final a Boca, no consigue una alegría a nivel internacional. Ese mismo Rossonero, que con sus grandes jugadores y sus logros hizo de su camiseta una de las más populares del mundo, en 2026 apeló al portugués Ruben Amorim para volver a instalarse en lo más alto. Para eso contará no sólo con un plantel plagado de figuras. Este año tendrá además el empuje de una leyenda eterna.
Franco Baresi no sólo fue el pilar imprescindible que todos recuerdan del Milan que entre 1987 y 1996 se llevó cinco Scudettos, tres campeonatos europeos y dos Intercontinentales. También fue antes el que se ganó el lugar de ídolo, al quedarse a pelear el regreso cuando el club descendió a serie B como parte de un escándalo de apuestas clandestinas en 1980, y después por su floja campaña en 1982. En medio del dolor que enlutó a todo el país pero principalmente al club después de la muerte de L’eterno capitano el 31 de julio, Amorim acompañó la conmoción e hizo una promesa muy especial: “Me conmovió mucho ver a todo el personal de club hablar de él con lágrimas en los ojos. No puedo prometerles resultados, pero lo que sí puedo prometer es que continuaré con el legado de Franco”. A fin de cuentas, como alguna vez le tocó a Baresi, él también tendrá que arrancar de abajo.
Apuntar a lo anímico es razonable después de dos campañas en las que, con un octavo puesto en la Serie A 2024/25 y el quinto en la 205/26, un equipo de indudables estrellas se quedó afuera no ya de la pelea por el título sino incluso de la clasificación a la Champions. Obligado a competir por el título local y a disputar una Europa League con sabor a muy poco para una afición que mantiene la exigencia de los mejores años, Amorim tendrá que trabajar en todos los frentes para que Milan no vuelva a defraudar las expectativas.
Amorim: el encargado, a prueba en Milan
Como todos los entrenadores nuevos en equipos poderosos, Amorim caminará por una cornisa muy fina, sobre todo en el comienzo de su ciclo. Tanto él como el club quieren dejar rápido atrás las últimas experiencias: el portugués, un ciclo en Manchester United en el que fue despedido por resultados que la dirigencia no consideró a la altura necesaria; Milan, una campaña pasada en la que Massimiliano Allegri no le encontró nunca la vuelta al equipo y terminó quinto, muy por debajo de las expectativas.
Aunque como futbolista Amorim fue un símbolo de Benfica, donde jugó durante una década y ganó tres ligas después de llegar en 2008, en su carrera como entrenador encontró sus mayores alegrías en otro de los grandes de Portugal, Sporting de Lisboa. Ahí obtuvo sus dos únicos títulos como DT: los campeonatos 2020/21 y 2023/24. En el 2024/25, se fue a Manchester United luego de haber ganado los 11 primeros partidos de la liga, en la que a la postre el equipo verdiblanco se consagraría campeón. Llegó a Inglaterra rodeado de enormes esperanzas, con directivos que lo comparaban con Pep Guardiola y Mikel Arteta. Pero las cosas no caminaron y su ciclo se cerró traumáticamente en medio de polémicas con la dirigencia, a la que señaló por no haber cumplido con las incorporaciones que él pretendía.
En Milan se muestran positivos y con la esperanza de que Amorim sea la llave para mejores escenarios. Pero si las cosas no salen como pensaban no podrán aducir desconocimiento de lo que venía con él, como su frontalidad. O también las acusaciones de obstinación que recibió por mantener en Manchester United el 3-4-3 como táctica. Como para que terminara de quedar claro que no se mueve de ahí, fue el esquema que empleó en la victoria 2-1 de Milan en el debut por la Serie A como visitante contra Torino.
Sobra la materia prima en Milan, pero no es la primera vez
Más allá de tácticas, el desafío más importante de Amorim es el que tienen la mayoría de los entrenadores de equipos poderosos: conseguir que grandes talentos y grandes egos se alineen detrás del mismo objetivo. Claro que desde afuera parece una bendición tener un plantel con estrellas como Luka Modric, Adrien Rabiot, Pervis Estupiñán y Christian Pulisic, y tal vez un escalón más abajo el arquero Mike Maignan o Ruben Loftus-Cheek. El tema es que después dentro del campo funcionen como un equipo, y la historia demuestra lo difícil que puede resultar.
Para esta temporada se sumó además un nuevo nombre rutilante: Gonzalo Ramos, compatriota de Amorim. Arribó desde PSG por más de 86 millones de dólares, la transferencia más cara de la historia del club, después de haber marcado 45 goles en 131 partidos durante las últimas tres temporadas en Francia. Además regresó el nigeriano Samuel Chukwueze luego de una temporada a préstamo en Fulham.
En medio de ese conglomerado de cracks, el entrenador decidió darle aire a Alfadjo Cissé, joya en la ofensiva de apenas 19 años, al que hizo debutar en el primer partido por la liga ante Torino y le pagó con un golazo para abrir el marcador. Una manera de bajar un mensaje claro a sus jugadores: sin importar los apellidos, al campo de juego entrará el que pueda hacer el mejor aporte.
Una consigna clara en el Milan de Amorim
“Para nuestro proyecto, necesitamos ganar todos los partidos”, comentó Amorim antes de comenzar el camino en la Serie A. Parece mucho. Pero así como los dirigentes no podrán hacerse los distraídos acerca de sus antecedentes, él deberá tener plena consciencia de lo que significa Milan en el fútbol italiano y en el mundo: la necesidad de llevarse los tres puntos estará siempre, y cada vez que no se dé el resultado deseado habrá motivos de disgusto.
Nada positivo se logrará sin unión. El entrenador asumió que la necesita, y por eso en las primeras declaraciones tras asumir expresó la necesidad de que jugadores, cuerpo técnico y dirigentes funcionen “como una familia”. Es más fácil decirlo que lograrlo. Pero al menos él sabe a lo que apunta.
