A medida que se acerca la ventana de pases de verano y los jugadores y entrenadores compiten por hacerse un hueco en los planes de alguien para la próxima temporada, una intrigante pregunta se cierne sobre Buenos Aires y el mundo: ¿Dónde terminará Marcelo Gallardo?
El épico paso de Gallardo por River Plate lo convirtió en uno de los nombres de moda, y ahora se lo suele vincular con todo tipo de vacantes en la dirección técnica. Como jugador, durante un período particularmente exitoso para River en la década de los 90, su figura quizá se vea eclipsada en la memoria de muchos por Ariel Ortega.
Pero Gallardo fue un excelente volante ofensivo por derecho propio, lo bastante bueno como para ganar más de 40 partidos internacionales con Argentina, además de ser elegido mejor jugador de la temporada 1999-2000 de la liga francesa, en la que ayudó a AS Mónaco a ganar la competición. De baja estatura, contextura frágil y carente de gran velocidad, Gallardo tuvo que usar su cerebro además de su talento para llegar a lo más alto. Sus dos apodos, aparentemente opuestos -"el muñeco" y "Napoleón"- ayudan a explicarlo.
Gallardo, de 47 años y cara de niño, es un estratega de mirada aguda, un general que puede contar muchas más victorias que derrotas, sobre todo durante aquel memorable ciclo en River Plate, el club donde todo empezó para él. Jugó en River, en Mónaco y en el París Saint-Germain de la Ligue 1, y militó brevemente en el D.C. United de la MLS antes de colgar los botines en el poderoso Nacional de Uruguay, mientras se preparaba para su carrera como técnico.
Nacional le dio la oportunidad. Ganó el título nacional con ellos un año como jugador y el siguiente como entrenador, y luego, en 2014, volvió a casa, a River. Sobrevivir dos años al frente de un gran club sudamericano suele considerarse un período largo. Gallardo estuvo más de ocho, cosechando títulos hasta que dejó el cargo a fines de 2022.
Entre esos títulos, hay uno que sobresale por encima de los demás: la Copa CONMEBOL Libertadores. Gallardo la ganó como jugador en 1996, y después de varios años estériles durante los que River llegó a pasar una temporada en la segunda división argentina, condujo al club a los triunfos continentales de 2015 y 2018.
Este último, en particular, será recordado mientras exista el fútbol. Fue la primera final de la historia entre River y su eterno rival, Boca Juniors, un duelo de tan alto octanaje que el partido de vuelta -postergado después de que hinchas de River atacaran el ómnibus del equipo de Boca- debió jugarse fuera de Buenos Aires por cuestiones de seguridad y disputarse en Madrid.
Si no hubiese conseguido nada más en su carrera, Gallardo de todas maneras seguiría siendo una leyenda de River gracias a esa victoria. Después de eso, sin embargo, es una historia de resultados en disminución, con Gallardo encontrando cada vez más dificultades al momento de competir con los clubes brasileños en la Libertadores. En 2019, su equipo estuvo a unos minutos de superar a Flamengo en la final hasta que colapsó en los últimos segundos de una derrota por 2-1. El siguiente año volvieron a caer contra Palmeiras en las semifinales, a pesar de casi superar un déficit de tres goles del partido de ida.
En 2020, River salió una ronda antes, superado en casa y de visitante por Atletico Mineiro. Y el año pasado, la campaña terminó incluso antes, superado en la segunda ronda por 1-0 en total ante Vélez Sarsfield, que terminó capitulando 6-1 ante Flamengo en las semifinales.
De modo que cada temporada, el sueño de ganar otra Libertadores se hizo cada vez más distante. Hubiese sido mejor que Gallardo se marchase antes. Pero desde otra perspectiva, quizá se haya ido demasiado pronto. Desde entonces, River ha remodelado su venerable estadio Monumental. Ahora cuenta con la mayor capacidad en América del Sur y la atmósfera ha mejorado enormemente al haber acercado a los 80,000 fans un poco más a la cancha. Pero es su nuevo DT, Martin Demichelis, quien está disfrutando de estos beneficios.
A Gallardo le hubiese encantando sentir la oleada de emoción que el estadio ahora proporciona. Y ha dejado en claro que esa emoción jugará un rol preponderante al momento de elegir el club del cual ser parte. Gallardo quiere sentir una conexión con su lugar de trabajo. Él sería una elección audaz para uno de los grandes clubes europeos.
Una comparación obvia se da con su alguna vez compañero en el seleccionado nacional, Diego Simeone. Pero hay diferencias fundamentales. Después de años en Europa, Simeone conocía la Liga Española y tenía una fuerte conexión con Madrid, donde ganó el título doméstico como jugador. Y, además, su modelo de juego hace hincapié en el pragmatismo.
Gallardo es más bien un soñador. Él quiere atacar, quiere estar en la delantera. Todo el tiempo hará retoques a la forma de su equipo – ocasionalmente con un fondo de tres o pasando por diferentes variaciones. Pero él verá a todas estas como la mejor manera de poner en práctica una idea de un juego de ataque, con pases abiertos y con ritmo por el medio.
Algunos se alarmarán ante su record en el Mundial de Clubes – algo a lo que le dan mucha importancia en Sudamérica. En 2015 su equipo no pudo contra Barcelona, y cayó en una derrota por 3-0. Y tres años más tarde, no lograron llegar a la final, quedándose en instancias de penales ante el equipo de los Emiratos Árabes Unidos, Al Ain, tras un empate 2-2.
De modo que la pregunta es si podrá lograrlo fuera de Sudamérica. Lo que es seguro es que tendrá una chance. Gallardo incluso podría ser una opción osada y romántica para Tottenham Hotspur, reforzando la conexión Argentina-Norte de Londres que alguna vez vio a Ossie Ardiles en la cancha y a Mauricio Pochettino en la línea de banda. En cierto punto no es difícil imaginarlo haciéndose cargo de PSG, donde alguna vez jugó y donde su compromiso con el ataque encajaría muy bien. Pero ese, sin dudas, es un prospecto para el futuro. Napoleón va a tener que ganar algunas batallas en otras partes antes de que finalmente le entreguen las llaves de París.
