Fueron días inolvidables. Es muy difícil encontrar a un futbolero de más de 30 años que no tenga a aquella selección turca de Corea-Japón 2002 como uno de esos equipos que marcaron a fuego las Copas del Mundo, aunque no hayan terminado como campeones. Por el carisma de sus jugadores, por el fervor con que vivían cada partido dentro y fuera del campo, y por la sorpresa generada por un seleccionado que aparecía en la competición después de 48 años para pelear mano a mano con los mejores. Hoy, 24 años después de aquella actuación y con muchos de esos colosos de otrora mirando desde la tribuna, una generación de jóvenes brillantes consiguió que Turquía regrese al Mundial 2026, después de otra larga ausencia. Por lo que se ve que pueden hacer con la pelota, no habría que descartar que enloquezcan al torneo como lo hicieron aquellos.
De todos esos grandes jugadores del equipo, Arda Guler, de apenas 21 años, se destaca claramente. A veces una sola jugada alcanza para entender el nivel al que puede llegar un jugador. Quien haya visto la forma en que Arda le pegó a la pelota para convertirle el primer gol a Bayern Munich por los cuartos de final de la Champions entendió que estaba ante un talento de esos que no surgen todos los días. El crack que en Real Madrid sumó además la virtud de aportar al equipo desde distintas posiciones, es una de los talentos que aspiran a dominar el fútbol que viene y una de las grandes esperanzas de Turquía para hacer ruido del grande en el Mundial.
“Ni siquiera había nacido la última vez que jugamos la Copa del Mundo, pero tengo muy claro lo especial que es. Estar allí es cumplir un sueño”, explicó. Él fue clave para poder lograr esa meta, por ejemplo con un papel central en la jugada que derivó en el gol de Kerem Akturkoglu para el 1-0 a Kosovo, con el que Turquía logró la clasificación al Mundial.
Además de Guler, estrellas como Hakan Calhanoglu, Mehri Demiral (Al-Ahly), Ferdi Kadıoglu (Brighton) y el juvenil Kenan Yildiz hacen de Turquía un rival incómodo para cualquier seleccionado. Australia, Paraguay y el anfitrión Estados Unidos marcarán el comienzo del camino para el grupo que buscará, como en 2002, despertar la admiración de todos en la gran cita. Desde lo futbolístico, esta vez parece haber incluso más argumentos para pelear mano a mano con los mejores.
El vínculo de Turquía con Alemania
Buena parte del talento que se calza la camiseta de tono rojo furioso no proviene sólo de Turquía. Como pasa con muchos otros seleccionados, se nutre también de futbolistas que aunque vieron la luz en otras latitudes eligen jugar para el país de sus ancestros. En este caso, además, hay un nexo muy concreto con Alemania, donde nacieron y, sobre todo, se formaron algunos de sus talentos.
La influencia turca en ese país va mucho más allá del fútbol. Desde la década del 60 del siglo pasado, el gobierno alemán promovió la contratación de trabajadores turcos y así se inició una oleada inmigratoria masiva que se extendió durante años. Hay mediciones que al día de hoy ubican en siete millones a los habitantes de Alemania provenientes de ese país, un número superior al total de los llegados de países de la Unión Europea.
Un ejemplo de ese lazo tan sólido es Kenan Yildiz, que con 20 años (cumplirá 21 el 4 de mayo) muestra semana a semana sus enormes condiciones con una camiseta tan pesada como la de Juventus. Es uno de los mejores proyectos no ya de Turquía, sino de todo el fútbol europeo. Aunque nació en Regensburg y se formó en las divisiones juveniles de Bayern Munich, eligió jugar para el país de su papá. “Alemania nunca fue una opción porque nunca se puso en contacto conmigo. Juego para Turquía y es un orgullo”, contó en una entrevista en Bild ya en 2023.
Por su parte, el capitán, Hakan Calhanoglu, nació hace 32 años en Mannheim. Baluarte desde 2021 del mediocampo de Inter, es un emblema indiscutible del seleccionado y referente para los más jóvenes, que empiezan a andar su camino. Historias similares son las de jugadores importantes en el recambio como Salih Ozcan, natural de Colonia, y Kaan Ayhan, de Gelsenkirchen.
De todos ellos, que son apenas el emergente de la gran cantidad de futbolistas nacidos en Alemania y que deciden representar a Turquía, apenas Ayhan (milita desde 2023 en Galatasaray) jugó alguna vez en equipos del país de sus ancestros.
Son la contracara, por ejemplo, de Mesut Ozil, el crack campeón del mundo con Alemania en 2014, que aunque tenía ascendencia turca jugó para su país natal. El vínculo con sus raíces, igualmente, siempre se mantuvo. Tanto que en 2018 decidió retirarse del seleccionado mientras denunciaba racismo y faltas de respeto de los hinchas alemanes, luego de haber posado en una foto con el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan. Ya en el ocaso de su carrera, de 2020 a 2023, llevó su fútbol a Turquía, en Fenerbahce e Istanbul Basaksehir.
Lo concreto es que un seleccionado al que siempre le sobró talento y fervor, en esta nueva versión tiene de algunos de sus integrantes el aporte de disciplina y sapiencia táctica que recibieron al formarse en un país con una escuela centenaria. Y que gana Mundiales desde 1954 cuando, curiosamente, en el camino al título venció dos veces a Turquía.
El moño táctico que faltaba
Como para complementar todo el conocimiento recibido en Alemania, el entrenador Vincenzo Montella aporta el orden propio del fútbol de Italia, ese mismo que insólitamente mirará desde afuera el Mundial por tercera ocasión consecutiva.
El DT, que como futbolista sí vivió en 2002 lo que es jugar una Copa del Mundo con la Azzurra, se hizo cargo del seleccionado de Turquía en 2023, impulsado por una gran campaña en la Superliga local con Adana Demirspor. Logró de entrada buenos resultados, con la llegada a cuartos de final de la Eurocopa 2024, y lo completó con la clasificación al Mundial de un grupo de jugadores que confía en su idea, y que a su gran talento le suman disciplina y orden. Esas marcas que en su momento hicieron grande a Italia.
Turquía ya no es sorpresa en el Mundial 2026
Algún desprevenido podría considerar que Turquía es un seleccionado de segundo orden en Europa por haber tenido que apelar al repechaje para conseguir la clasificación. Lo concreto es que su campaña rozó lo perfecto pero con una excepción estruendosa: la caída 6-0 como local ante España en la segunda fecha del grupo. Antes y después de eso, el rendimiento estuvo a la altura de los mejores, incluido el cierre contra la Roja, a la que le empató 2-2 como visitante. El tema fue que aquella goleada sufrida en Konya condenó a Turquía a correr de atrás en toda la fase y a pelear en marzo para obtener su plaza.
Sin margen de error, en el repechaje despachó a Rumania en la semifinal y a Kosovo en el encuentro decisivo con sendos 1-0 para regresar a los Mundiales y reflejar en los resultados el crecimiento de una Turquía en ascenso. Que pasó de recibir en su liga a jugadores en el final de su carrera, como Didier Drogba, Wesley Sneijder, Roberto Carlos o Gheorghe Hagi, a exportar su talento a los torneos top de Europa.
Quizás fue Kerem Akturkoglu, el autor del gol para la clasificación que quedará en la historia, el que mejor sintetizó el vínculo con aquel equipo de 2002. “Siempre hablamos de ellos y del éxito que tuvieron. Soñamos con eso, aunque la mayoría de nosotros ni siquiera recuerda haberlo vivido. Ahora lo que queremos es darle a la próxima generación, con lo que hagamos en el Mundial, algo con lo que soñar”. No es poco. Porque en el fútbol se vive de los resultados, pero también de sueños. Y de esto último, Turquía sabe bastante desde aquella Copa del Mundo inolvidable.
