El técnico de las Chivas transmitió confianza total a su portero antes del penalti de último minuto ante Rayados y el ‘Tala’ respondió con una gran atajada.
LOS ÁNGELES -- Irreal…o surreal tal vez. Esa escena prevalecerá al drama. Gabriel Milito atenaza el pescuezo del ‘Tala’ Rangel ahí junto a la banca. Como a un hijo, como a un discípulo, como a un entenado. Lo cobija, lo refugia, lo encolumna, lo fortalece. Un oasis, una trinchera, un albergue, un santuario. Un momento de calma, de paz, impensable, absurdo, invasivo, demencial en medio de la demencial vorágine del momento.
Mire Usted si no: al estadio de Rayados le brotaron gárgolas donde había almas en pena cinco minutos antes; el árbitro Víctor Cáceres gesticula “la última y nos vamos”, en la maravillosa jerga filosofal de Jose Alfredo Jiménez. El reloj estaba detenido. El marcador en pausa, sin sístole ni diástole: 2-3 rojiblanco. Djuka tenía el balón y ya dos veces había vulnerado al Tala, y se juraba, como a Rosita Alvírez, darle su tercer tiro, éste entre ceja, oreja y sien. Sólo esperaba a su víctima para un 3-3 que habría sido inmerecido.
Pero el condenado a muerte seguía allá, en la mitra etérea del conciliábulo, en ese arrumaco filial con su entrenador. Milito susurraba, Rangel asentía como si regresara al útero de toda su fe y sus esperanzas. Si atajaba ese maldito penal, ni el Vasco Aguirre se atrevería a impedirle atajar ante Sudáfrica el 11 de junio. Milito lo suelta y lo mira a los ojos. El sermón final estaba en la mirada. Rangel asiente: ha decidido que no va al patíbulo, sino al hemiciclo de la eternidad.
El entorno bufaba. La afición de Rayados se preparaba para la hazaña, Djuka se contoneaba para la heoricidad, y la afición de Chivas para montar –aparentemente-- el muro de los lamentos de todos los “Gonzalos” del universo. El árbitro urge a Rangel. Djuka le dedica una sonrisa de asaltante de tumbas.
NI Clint Eastwood habría sido tan malo y tan feo. Manicomio es una forma palurda de relatar tan pantagruélicamente estrujante momento. Un estadio que bufaba; la afición de Chivas terminando el segundo misterio del rosario de los imposibles; un verdugo con el cañón cortado, y el Tala Rangel balanceándose. No pensaba en ese momento, sino que ese momento lo llevaría al Estadio Azteca, desde el primer segundo de juego, ante Sudáfrica. Gabriel Milito, impertérrito, como el catequista que unge a un alma virginal.
Djuka embiste, seguro que Tala Rangel estaba azorado, sometido, petrificado por el entorno brutal de un drama inesperado con un desenlace inesperado. Habrá quien vocifere que lo cobró mal. A media altura, a la derecha, sin la debida potencia. Djuka creyó que Rangel era, de nuevo, su chivo expiatoro.
Pero, la eterna e imprudente jurisprudencia del pero, ese fatalismo alterado de Hitchcock, Park Chan-wook o Stephen King, ocurre. Tala Rangel se lanza sobre su izquierda a la cita con la victoria de la noche del sábado en Monterrey, pero, más aún al citatorio del 11 de junio en el Azteca.
Las almas rotas, constreñidas, compungidas de la afición de Chivas, emergen, heráldicas, como trompetas de Jericó, mientras la afición de Rayados, se desplomaba en la taquicardia más cruel del deporte: de la inesperada ilusión a la brutal y cruenta decepción. Cuanta agonía en el vuelo de una moneda desde el manchón fatal de los penaltis.
Minutos después, Gabriel Milito, en conferencia de prensa dio su versión, seguramente modificada y acomodada al momento y al foro. No tenía porqué revelar ni la fortaleza de su discurso, ni la fortaleza de su arquero. Alea jacta est (la suerte está echada).
“Tala defiende un arco muy grande como es el de Chivas. También defiende un arco muy grande como el de México, era el momento en que más lo necesitábamos para conseguir el triunfo que lo merecíamos, pero como esto es futbol, a veces la justicia no cuenta, terminó por aparecer.
“Fue transmitirle la confianza. Que fuera decidido, que elija, que iba a atajar el penal e iba a darnos el triunfo y (Rangel) fue muy decidido. Él estaba convencido, me lo dijo, y eso para un equipo tan importante como nosotros es fundamental tener a alguien como él, que salve el partido, salve tres puntos”, dijo Milito.
Si hay un penal en la Copa del Mundo y está ahí el Tala Rangel, nadie va a extrañar ni a Guillermo Ochoa ni a Carlos Acevedo. Se extrañará, acaso, estrictamente, el evangelio de Gabriel Milito. ¿O habrá una mejor epístola de Javier Aguirre? De nuevo: “alea jacta est”.
