Hay series decisivas que se recuerdan por el resultado. Otras, porque ayudan a explicar una época. Las semifinales que disputaron Estudiantes de La Plata y Universidad Católica en la Libertadores de 1969 pertenecen a esta segunda categoría. No se trató de una final. Tampoco, de la serie más pareja de aquella edición del torneo.
Sin embargo, permite observar algo poco frecuente: el momento exacto en que el equipo de Osvaldo Zubeldía terminaba de consolidar la identidad que lo convertiría en una referencia obligada de la historia copera y en un símbolo del fútbol argentino y de esta parte del continente.
Más de medio siglo después, aquellos dos partidos de 1969 siguen siendo los únicos cruces oficiales entre el Pincha y la Católica en el principal torneo continental, en el que ahora ambos equipos volverán a enfrentarse en octavos de final de la presente edición, según lo determinó el sorteo para la CONMEBOL Libertadores 2026.
Un campeón que debutó en semifinales
El contexto de aquella Copa Libertadores 1969 resulta difícil de imaginar para cualquier espectador actual. Como campeón vigente de la Libertadores 1968, Estudiantes no tuvo que disputar la fase de grupos. El reglamento de la época le otorgaba un pase directo a las semifinales, por lo que su debut en el torneo se produjo justamente frente a Universidad Católica.
El equipo platense era, además, el único representante de los dos países más poderosos futbolísticamente de Sudamérica. El resto de los clubes de Argentina y Brasil no participaron de aquella edición debido a las diferencias que mantenían la AFA y la CBF con la Confederación Sudamericana respecto del calendario del torneo.
En ese contexto, el Pincha debía demostrar que la conquista del año anterior no había sido una excepción, sino el comienzo de una etapa histórica. Y así terminaría ocurriendo.
De hecho, aquella serie de “semis” ocupa lugares muy distintos en la historia de cada institución. Para Universidad Católica representó una de las campañas internacionales más importantes de su historia. Para Estudiantes fue apenas una estación más dentro de un recorrido mucho más amplio, el que terminaría conduciéndolo a la conquista de su segunda Copa Libertadores consecutiva.
Pero todo eso todavía estaba por delante.
Lo que apareció en aquellos 180 minutos frente al conjunto chileno fue algo quizás más importante: la confirmación de una manera de entender el fútbol.
Una identidad basada en el estudio minucioso de los rivales, la preparación táctica, el aprovechamiento de cada detalle y una convicción innegociable de que los partidos debían ganarse antes que explicarse.
Universidad Católica terminó siendo uno de los primeros grandes testigos de aquella transformación.
La Católica, un rival de peligro
El equipo de La Plata, dirigido por el mítico entrenador Osvaldo Zubeldía, debutó en la Copa de 1969 justamente frente a Universidad Católica, que estaba lejos de ser un rival menor. El conjunto chileno contaba con futbolistas de jerarquía como Alberto Fouillioux, Sergio Messen, Armando Díaz y Juan Carlos Sarnari, un argentino con pasado en River.
El elenco trasandino había llegado a semifinales después de una campaña sólida, con una inusual, positiva y extensa fase de grupos (en el Grupo 2, los 4 equipos terminaron igualados en la tabla y debieron jugar una larga serie de desempate) y posteriormente consiguió el primer puesto en su zona de la siguiente instancia copera.
Con esos pergaminos, la Católica representaba una prueba exigente para cualquier equipo sudamericano.
Estudiantes, sin embargo, estaba construyendo algo diferente. Zubeldía llevaba varios años desarrollando una idea futbolística que comenzaba a distinguirse del resto: el estudio minucioso de los rivales, el aprovechamiento de las pelotas detenidas, la preparación táctica y la obsesión por los detalles se transformaban lentamente en ventajas competitivas.
Lo que hoy parece habitual, en 1969 todavía resultaba novedoso. En La Plata surgía la vanguardia.
Entre el laboratorio de Zubeldía y el brillo de Bilardo
El partido de ida se disputó el 1 de mayo de 1969 en el Estadio Nacional de Santiago. El resultado fue contundente: victoria de Estudiantes por 3-1, con goles de Marcos Conigliaro, Christian Rudzki y Néstor Togneri para el elenco argentino.
Pero el marcador, por sí solo, no alcanza para explicar lo que ocurrió en aquel partido, en el que Estudiantes, sin brillar, pudo haber anotado 7 u 8 goles.
La cobertura de la revista El Gráfico resulta particularmente interesante porque permite observar cómo el periodismo de la época comenzaba a detectar que estaba frente a algo diferente, especialmente en las “jugadas preparadas”.
La reacción del entrenador chileno José Pérez fue tan sincera como reveladora. “Toda la semana nos pasamos hablando de lo peligrosos que es Estudiantes en los córners, tiros libres de costado y centros al medio del área. Nos preparamos una semana para evitar ese problema y hoy nos hicieron tres goles de centros”, declaró para el semanario argentino.
La frase resume buena parte de la historia. Universidad Católica sabía exactamente qué intentaría hacer Estudiantes. El problema era impedirlo.
La revista dedicó incluso un apartado especial bajo el título “El laboratorio” para explicar uno de los goles. “La pelota fue admirablemente dirigida por Conigliaro al punto situado entre la línea del área chica más cercana al córner y el primer palo. Allí la peinó Verón hacia otro ángulo del área chica y la entrada limpia de Togneri cabeceando hacia abajo terminó con una nueva sacudida de la red”.
No había improvisación. Había repetición. Había planificación. Había una convicción absoluta de que cada detalle podía transformarse en una ventaja.
El Gráfico sintetizó el fenómeno con una frase breve y contundente: “Dos goles de córner. El laboratorio cumple”.
Carlos Salvador Bilardo, entrenador que llevaría a la Selección a ganar el Mundial 1986 y a ser subcampeona en Italia 1990, fue quizás el mejor alumno de Zubeldía. En Chile, “el Narigón” fue la figura de los rojiblancos dentro de la cancha.
“Bilardo, lo mejor de Estudiantes. En presencia física, en continuidad de rendimiento, en inteligencia para elegir lo apropiado a cada situación. Diez puntos en funcionamiento defensivo: para salir a cortar, retroceder achicando campo, retener adversarios, entregárselos servidos a los del fondo, marcar, cubrir, interceptar juego”, lo elogió El Gráfico.
“Otros diez puntos en funcionamiento táctico, haciéndose eje del equipo para salir jugando, tratando de ‘congelar’ o acelerar según fuera conveniente, incluso creando con gran sentido de lo que es circulación de pelota y pasaje de la defensa al ataque. Y diez puntos más porque a la hora del esfuerzo duro en campo visitante, Carlitos es de los que no se borran nunca... En Santiago lo ratificó nuevamente”, completó la revista.
Mucho más que jugadas de pelota parada: efectividad y resultados
Con el paso del tiempo, el Estudiantes de Zubeldía quedó asociado casi exclusivamente a sus jugadas “de pizarrón” y a ciertas astucias o “avivadas” que las quejas de los rivales y los años fueron agigantando como mitos.
Sin embargo, aquella semifinal muestra algo bastante más profundo. Mientras buena parte del fútbol sudamericano seguía apoyándose en la inspiración individual, Estudiantes incorporaba conceptos que décadas más tarde serían habituales en cualquier equipo profesional.
Por eso aquella serie también terminó alimentando un debate que todavía hoy sigue vigente. En una época en la que muchos cuestionaban las formas del conjunto platense, El Gráfico publicó una reflexión que ayuda a entender el contexto. “Pretender que Estudiantes gane y gane con lujo, cosa que no sabe ni puede hacer, es equivocarse al fin”.
La discusión entre estética y eficacia ya estaba presente hace más de medio siglo. Zubeldía tenía una respuesta muy clara. Ganar. “A Estudiantes hay que juzgarlo por lo que es capaz de conseguir, aunque no guste en las tribunas”, decía El Gráfico.
Cómo resolver una serie de semifinales de Libertadores en apenas 45 minutos
La revancha se disputó el 6 de mayo en La Plata. Más de 50.000 personas colmaron el estadio de 1 y 57 y protagonizaron una de las noches más importantes que había vivido la ciudad hasta ese momento.
La recaudación superó los 10 millones de pesos, una cifra récord para la época.
Estudiantes resolvió la clasificación durante el primer tiempo. A los 7 minutos reapareció Juan Ramón Verón, ausente durante varias semanas por lesión. Conigliaro envió un centro desde la derecha y La Bruja apareció por detrás de todos para establecer el 1-0.
Universidad Católica reaccionó rápidamente y consiguió el empate a través de Sergio Messen a los 12 minutos.
Pero la ilusión chilena duró apenas un instante. Sesenta segundos más tarde, Eduardo Flores sacó un potente remate que devolvió la ventaja a Estudiantes y comenzó a inclinar definitivamente la serie.
El golpe final llegó a los 39 minutos. Togneri envió un centro rasante y venenoso sobre el área chica. El arquero Leopoldo Vallejos dudó en la salida, la pelota se desvió levemente y terminó dentro del arco. El resultado de ese juego estaba 3-1. El global, con un irremontable 6-2.
La semifinal estaba resuelta.
“El hombre que dice algo cada vez que habla”
El Gráfico dedicó un artículo a Zubeldía. El título decía mucho sobre la imagen que proyectaba el entrenador. “El hombre que dice algo cada vez que habla”.
La revista no lo presentaba como un personaje misterioso ni como un iluminado. Lo describía como un trabajador obsesivo, un entrenador que estudiaba rivales, compartía información con sus futbolistas y entendía la preparación como una ventaja competitiva.
Décadas más tarde, muchas de las prácticas que hoy forman parte del trabajo cotidiano de cualquier cuerpo técnico todavía parecían revolucionarias. Zubeldía ya estaba varios pasos adelante.
Mucho más que un resultado
“Estudiantes SABE JUGAR FINALES. Ya lo demostró tres veces. Esperar una cuarta no es pedir un milagro. Simplemente es abrirle un nuevo crédito a este estupendo bloque humano auténtico, generoso y sin misterios, QUE NUNCA QUEDO EN DEUDA CON EL FÚTBOL ARGENTINO”, escribió (así, con mayúsculas incluidas) el reconocido periodista Juvenal, en El Gráfico, después de la definición de esas “semis”.
El marcador global fue contundente: 6-2 para Estudiantes.
De todas maneras, la importancia de aquella serie excede ampliamente los números. La semifinal de 1969 permite observar una escena poco frecuente en la historia del deporte: el momento exacto en que una identidad termina de tomar forma.
“Entonces, el gran problema que deberá resolver Estudiantes es ‘aguantar’ el resultado en el Centenario. Porque perder allí le puede costar la Copa si Nacional juega en La Plata a ‘no perder’. Sobre todo, porque Nacional sí se parece a Estudiantes en ese atributo esencial que tiene Estudiantes: hombres para jugar finales... El río de la Plata a lo mejor no alcanza para enfriar el ambiente...”, escribió Jorge Taboada, en El Gráfico, al analizar a Nacional de Montevideo, el rival del Pincha en la finalísima de 1969.
El Pincha no dejaría dudas. Después de ganar los dos partidos de semifinales, también haría pata ancha en la finalísima.
Primero se impuso 1-0 en el Centenario y luego selló la serie con un 2-0 en La Plata para subirse nuevamente al escalón más alto de América. Al Aconcagua del fútbol.
El momento exacto en que se estaba escribiendo la leyenda
El León venía de adueñarse de la Libertadores y de ganarle la Intercontinental a Manchester United en 1968, y luego llegarían la Libertadores de 1969 y una nueva conquista continental en 1970.
Por eso, cuando Estudiantes y Universidad Católica vuelvan a encontrarse más de medio siglo después, no estarán recuperando solamente una vieja serie de Copa ni la nostalgia de un cruce marcado en la historia de ambos clubes.
También estarán regresando a uno de los capítulos que ayudaron a definir la dimensión de Estudiantes en el plano internacional.
Aquellas semifinales frente a Universidad Católica fueron una de las primeras pruebas de que el ciclo de Zubeldía en el Pincha estaba destinado a dejar una huella profunda en el fútbol argentino y en la historia de la Libertadores.
