Sí, yo sé que amás al club. Que lo amás en serio, que no es broma. Sé que la semana se te hizo larguísima y que la que viene… ni te cuento. También entiendo toda esa angustia desatada, porque la noche de San Isidro no le dio tregua a tu corazón; ese corazón donde el bordó no es simplemente la tela de una camiseta, sino una sangre espesa y terca que corre por debajo de la piel, golpeando en las sienes a cada minuto para recordarte que hay pasiones de las que uno jamás se cura.
Newman le ganó 25-20 a Alumni en la primera semifinal del URBA Top 14 y gritaste con el alma ese “dale bordó”. Te quedaste sin aliento, te fundiste en un abrazo con el que tenías al lado —desconocido, compañero, amigo, familiar, a esa altura daba igual— como si en ese nudo se jugara la salvación de algo importante. Viviste ochenta minutos que no te vas a olvidar nunca, porque este equipo es así: tiene esa maduración paciente, como un vino añejado con calma en la madera; aunque a este Newman, a tu querido Cardenal, le sembraron durante años demasiadas piedras en el camino, fantasmas íntimos que solo quienes habitaron el club puertas adentro pueden describirlo con precisión, porque por esos días las palabras no encajaban, se trastabillaban y tropezaban antes de llegar a la oración. Por eso no te extraña esa templanza para reinventarse sobre la cornisa, para conseguir que una noche que venía torcida se transforme en una alegría insaciable. Nadie duda del poderío de un plantel que fue una aplanadora en la etapa regular, pero anoche volvió a demostrar que tenía el carácter exacto para torcerle el brazo a un destino que parecía dictar sentencia firme.
Line, quiebre, penal a favor y a los palos para abrir el marcador con Gonzalo Gutiérrez Taboada. Todo pintaba como lo habías imaginado, prolijo, casi dulce. Después vino el primer scrum y penal para Alumni; no importa —te dijiste para convencerte—, en Benavídez nos sometieron en el primer tiempo y ganamos igual. Pero esta vez la inercia negativa empezó a cobrarse factura, implacable. La hilera empezó a fallar, ese circuito aceitado de fases limpias y ángulos punzantes comenzó a morir en knock-ons inpensados y, promediando la media hora, el as, el más astuto, el distinto, probó un drop cargado de impotencia. Una parábola solitaria que todos los que mirábamos desde la tribuna supimos, apenas salió del botín, que no iba a entrar.
El 20 a 10 parcial dejaba mucha tela para cortar. La esperanza seguía viva, agazapada, porque en el fondo se estaba en partido y no era un imposible. Cerraste los ojos, suspiraste hondo y volviste a abrirlos para ver si la pesadilla continuaba ahí; pero tu bordó, tu querido bordó, dio un golpe de timón. Asumió el protagonismo, acorraló al rival y olió la sangre, esa señal salvaje que avisa que ya no queda margen para especular y que hay que salir a vaciarse las entrañas. Llegó el try penal para que la ilusión se apoderara de vos, te envolviera y te diera un respiro en medio de tanto nervio; enseguida, la patada de Gutiérrez Taboada, y de repente, eso que parecía una utopía se hizo realidad, la cuenta volvía a foja cero: todo estaba igual.
“Dale bordó, dale bordó”, lo cantaste… bah… lo gritaste hasta quedarte afónico, con los ojos encendidos y el pecho en carne viva. Y ahí llegó el penal, el line, el maul que se desploma pegado a la bandera, acariciando la línea de touch y el ingoal. La agonía interminable frente a la pantalla del TMO para darle la conquista a Beltrán Salese. “Dale bordó, dale bordó”, quedaban cuatro minutos y había que volver a sufrir, a defender con los dientes apretados en tu propio campo. Y el equipo aguantó. “Dale bordó”, y esa pelota recuperada contra el piso como quien rescata una reliquia del fuego; la infracción a favor con el reloj clavado en 79:20. “Dale bordó”, ganar ese último salto en las alturas, tirarla afuera y chau: a la final.
“La caja de herramientas”, me decía Joaquín de la Vega hace algunas fechas sobre los recursos del equipo para superar obstáculos y el viernes por la noche hubo que abrirla varias veces para buscar la llave que abriera el grifo del triunfo. “Fue un poco lo que fuimos aprendiendo de otros años”, reflexionaba el apertura Gonzalo Gutiérrez Taboada al termino del partido. “Hay que estar agradecidos con el pasado – repetía el pilar Miguel Prince entre abrazos- con lo que hemos vivido, con las con las piedras que tropezamos porque eso nos dio herramientas para hoy poder salir de estas situaciones” y agrega una palabra, que en silencio, se apropia de todo el club: “cultura”. Y ese sistema de valores y creencias una vez que pisás suelo bordó se transforma como lo contó Patricio O ´Connor, entrenador de forwards y coordinador de Plantel Superior, hace unas semanas: "queremos que cada jugador se sienta valorado. Cuando el jugador se siente valorado, que lo respetan, eso hace que quiera estar” y Newman es una marea de jugadores con hambre de gloria, que quiere hacer historia.
Ahora entiendo esas lágrimas de Alfredo “el Lobo” Cordone -ex apertura y coach del equipo que estaba sentado con el staff-; de Patricio O´Connor y de tantos hinchas que se quedaron clavados en el pasto, inmóviles, como temiendo que si daban un paso el milagro se deshacía. Porque Newman —“dale bordó”, lo seguías murmurando entre dientes— está otra vez en una final. Y ahora sé que esa marea de energía desatada tras el pitazo de cierre —por los jugadores, por los hinchas y por cada garganta que cantó “dale bordó” en la cancha del CASI— tenía el derecho de derramar una lágrima. Esas gotas limpias, de alivio y de alegría pura, que le permiten al Cardenal seguir volando.
Queda un partido más, claro que sí. Pero para los de Benavídez anoche se desató un nudo atávico, se vino abajo un techo invisible que pesaba demasiado. Y por eso esta felicidad no se parece a ninguna otra: porque a veces la historia es una jaula oxidada y paciente, pero anoche el Cardenal quebró los barrotes con el pecho, encendiendo en el cielo de San Isidro una llamarada bordó que parte la noche en dos, un vuelo indómito que demuestra que, para quien aprendió a sangrar sin rendirse, el horizonte siempre guarda una redención.
