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Leicester fue una película argentina

LEICESTER (Enviado especial)--Wembley - Gloucester - Leicester, las paradas de la fiesta argentina en las tierras de la reina. La primera no fue completa, es cierto, pero el espectáculo que montaron los colores celestes y blancos en el estadio de Wembley fue digno de incluirla entre las estaciones de la pasión.

La Fiesta II se estrenó en el Kingsholm Stadium, de la coqueta ciudad de Gloucester y con capacidad para 16.500 personas. Fue algo más íntimo, más tranquilo, menos fastuoso. Pero lleno de pasión y cariño. Algo parecido a lo que ocurre en los casamientos, cuando al final, con el reloj marcando las cinco o seis de la mañana, los más íntimos y, claro, los últimos en retirarse, se adueñan del centro de la pista y se quedan saltando y bailando con la pareja homenajeada.

La tercera parte de serie, que esperemos que tenga más de cuatro o cinco capítulos, se proyectó en el Leicester City Stadium, que, con 32.300 butacas, le abrió las puertas a la Copa del Mundo con éste encuentro entre Los Pumas y Tonga (luego recibirá Canada vs. Rumania y las cerrará con Argentina vs. Namibia).

Este capítulo no fue ni como el primero ni como el segundo. Fue distinto. Apasionado y sanguíneo, como siempre, sí, pero diferente. Porque con más invitados, el tema del aliento estuvo repartido. De los nuestros, unas 12.000 almas. ¿El resto? Tonganos e ingleses, que, como ya no tienen a quién alentar, hinchaban para los isleños, obvio.

Pero en la repartija de cantitos -aunque no me crea los tonganos se hicieron sentir-, los de celestes y blancos metieron un pleno, un lujito de peso para inclinar la balanza de su lado. “Olé, olé, olé, Diego, Diego”. ¿Le suena? Exacto: El invitado especial fue Diego Maradona. Un Diego bien auténtico, que se dejó ver al borde del colapso en cada avance argentino, que se rompió las manos aplaudiendo a Santi Cordero y que no paró de gesticular en ningún momento. ¿Su aparición estelar? Cuando sonó “el que no salta es un inglés…”, su melodía predilecta desde que hizo lo que hizo hace 29 años, en el Mundial de México 86.

La fiesta argentina, que por momentos tuvo tintes dramáticos, terminó como tenía que terminar. La hinchada revoleando lo que hubiera a mano y cantando el clásico “… es un sentimiento, no puedo parar…”; los jugadores floreándose adentro de la cancha y la celebrity zurda armando un unipersonal de lujo.

Pasó el tercer partido, el tercer capítulo de la miniserie, y la fiesta argentina afuera de la cancha -me paro para hacer la ola y sigo escribiendo- volvió a ser protagonista. Ésta vez con una participación especial, es cierto, pero la realidad es que lo que verdaderamente importa es que no se corte.