Nos volvimos dependientes de su espectáculo. Para bien o para mal. Recurrimos al Maradona bueno cuando nos conviene y al malo cuando creemos que nos conviene.
“¿Qué es lo mejor y qué es lo peor de ser Maradona?”
Esa fue la única vez que pude cruzar una conversación con él.
Fue el 10 de noviembre del 2006 y Diego, junto con otros futbolistas, hacía una gira por el continente con una serie de partidillos conocida como “Showbol”, un 7 contra 7 en el Palacio de los Deportes en la Ciudad de México.
Llegar a él -como muchos otros colegas han relatado- es una tarea titánica.
Yo conté con la suerte de tener el clásico “amigo de un amigo” que conocía a Sergio Goycochea, que en ese momento coordinaba el circo maradoniano. Con él me tuve que arreglar sin dinero de por medio para acordar una entrevista en un hotel del sur de la Ciudad de México.
Llegué al hotel y no fue sino hasta ese momento que entendí el mundo del diez. Estamos acostumbrados a usar el término “como rockstar” pero ya hubiera querido Mick Jagger recibir el trato y la atención que Diego recibió en esa visita.
Los filtros de seguridad oficiales palidecían con los filtros del séquito que le acompañaba. La mayoría de ellos, parásitos que exprimían hasta la última gota que podían de la fama del que le hacían creer que era su amigo.
Nunca vi una conferencia de prensa tan poblada y tan imposible de controlar.
Diego era eso, todos queríamos algo de él. Un saludo, una foto, una mirada, un roce. Algo que nos hiciera sentir parte de su vida.
Era imposible no ser adicto a Maradona. Vaya ironía.
“Estás listo, tienes 1 pregunta” en eso se tradujo la entrevista que yo creía que había pactado con Goyco. Ni en el salón que habíamos apartado, ni sentados ni nada. Un hombre de seguridad me tomó a mí y a mi camarógrafo y me dijo “caminando le haces una pregunta”.
Y así tuvo que ser. En medio de no menos de 25 personas, solo pude ponerme a una distancia lo suficientemente corta para escucharnos y solo pude preguntar:
“¿Qué es lo mejor y qué es lo peor de ser Maradona?”
“Mirá, lo mejor es esto, el cariño de la gente, no lo puedo pagar con nada”, dijo Diego, mientras medio sonreía socarronamente.
¿Y lo peor?
“También esto, no puedo ni caminar y me quiero ir, ándate, vámonos”
Lo mejor de Maradona era ser Maradona y lo peor de Maradona era ser Maradona.
Una dicotomía escandalosa que lo envolvió desde su temprana juventud y de la que nunca pudo escapar.
Nosotros tampoco. Nos volvimos dependientes de su espectáculo. Para bien o para mal. Recurrimos al Maradona bueno cuando nos conviene y al malo cuando creemos que nos conviene.
Pero siempre estuvo ahí.
“Mamá, por fin he visto a Maradona”, fue lo único que atiné a decir cuando conté la anécdota en casa. Así como millones cantaron también.
