Parece que llegó el tiempo de reinventarse. Después de seis Copas del Mundo en las que el abanderado de la ilusión era el mejor de todos, a Argentina le tocará salir a luchar sustentada en simples mortales que juegan muy bien al fútbol. Es inevitable preguntarse si el equipo estará, como lo estuvo siempre bajo el reinado del 10, en condiciones de aspirar al título en todos los torneos que dispute, especialmente los Mundiales. Y aunque el potencial de la Selección permite ilusionarse, conviene aclarar desde el vamos que varias cosas deberán acomodarse en el futuro para conseguir la anhelada cuarta estrella.
La primera obviedad es que ya no se contará con la llave mágica para abrir con una genialidad algunos partidos en los que no se encuentran las respuestas desde lo colectivo. Y ese aporte de Lionel Messi no sólo faltará desde su técnica inigualable sino también desde lo anímico. No podrá, como en la Copa América de 2021, ser el punto de apoyo para que se juramente un grupo de compañeros que no sólo querían ganar por ellos sino regalarle a él esos triunfos que el fútbol le debió tanto tiempo.
Maradona y el resto, antecedentes poco alentadores
Con todo lo caprichosos que pueden ser los resultados, la historia de los Mundiales evidencia que los procesos posteriores a la salida de los grandes cracks son muy difíciles para cualquier seleccionado. Sin ir más lejos, después del retiro de Pelé con el título en México 1970, Brasil tuvo que esperar hasta la Copa del Mundo de Estados Unidos 1994 para poder jugar nuevamente una final, que le ganó en la definición por penales a Italia. Pese a contar con equipos deslumbrantes en 1982 y 1986, el fantasma de O Rei sobrevoló a la verdeamarela durante 24 años.
Para la Argentina post-Maradona las cosas fueron también complicadas. Después de su adiós, se necesitó del paso de dos décadas y de la aparición de Messi para volver a una final de Copa del Mundo en Brasil 2014. Como en el caso de Pelé, fue 24 años después del último acceso a esa instancia: la caída en Italia 1990 frente a Alemania, con Diego en cancha. Fue todavía más amplio, de 36 años, el lapso entre las coronaciones en México 1986 y Qatar 2022 con los dos 10 como héroes.
Y en tren de buscar ejemplos similares, se puede ver que a ningún seleccionado le resulta fácil el tiempo posterior a la salida de los ídolos. Así le pasó a Francia, que tras la salida de Zinedine Zidane hizo un papelón en Sudáfrica 2010, torneo al que llegó como subcampeón vigente y se fue en primera ronda en medio de un escándalo entre los futbolistas y el particular entrenador Raymond Domenech. O a Países Bajos, que se sobrepuso a la ausencia de Johann Cruyff en Argentina 1978 y llegó a la final del torneo, pero cuando ya no contó con él ni para las Eliminatorias ni siquiera pudo clasificarse a los dos Mundiales siguientes.
Argentina, un plan de juego más allá de Messi
Entre Lionel Scaloni y el aprendizaje que da el tiempo transcurrido, se encargaron de borrar los vestigios del tiempo no tan lejano en que Argentina dependía absolutamente de lo que pudiera generar Lionel Messi. No se trató, ni mucho menos, de negar el protagonismo del mejor jugador del mundo, sino de evitar que la esperanza quedara reducida a lo que podía o no generar, algo que no era bueno para él ni para el resto del equipo.
Messi sabía que contaba con el apoyo de una de las mejores generaciones de jugadores que tuvo históricamente Argentina, y del otro lado sus compañeros entendían que podían respaldarse en él cuando lo necesitaran. Además de los muchos partidos en que los toques de magia de Leo sacaron adelante un trámite difícil, hubo otros, como contra Egipto en el Mundial, en los que el equipo dio la cara por él y lo ayudó a recuperarse cuando las cosas no le salían.
Aunque ya no exista ese ida y vuelta, Argentina tiene la memoria de una manera efectiva de jugar sin el 10. Lo mostró en la final de la Copa América, cuando lo perdió en buena parte del partido por una lesión y apeló a un partido de más roce y despliegue físico, que terminó por torcer el brazo de un rival hasta entonces sólido como Colombia.
A falta de su calidad y su preciso entendimiento del juego, serán otros argumentos los que tendrán que aparecer. La Selección los tiene, pero deberá dosificar en su justa medida cada uno de los condimentos de su juego para tapar el indisimulable hueco que deja el 10.
¿Es lógico creer que Argentina volverá a ganar un Mundial?
Hasta la Copa América de 2021 en Brasil, a la Selección se le reclamaba recuperar un pasado glorioso que quedaba cada vez más lejos. A pesar de sus títulos en los Mundiales Sub-20 y en los Juegos Olímpicos, la falta de consagraciones en mayores operaba con la fuerza de una maldición sobre el equipo y en particular sobre Lionel Messi. Empezaba a imperar la sensación de que en realidad aquel período que fue desde 1978 a 1993, con dos títulos mundiales y dos continentales, sumados a la final de Italia 1990, era la verdadera excepción, y no los 28 años posteriores sin escalar al lugar más alto del podio.
Todo cambió desde entonces. Se resignificó un seleccionado que en Rusia 2018 había estado a la deriva, y Argentina volvió a ser sinónimo de éxito. Fue Lionel Messi el que los hizo volver a ilusionarse a muchos que ya habían perdido la esperanza de volver a ver campeón a Argentina. Que sentenciaban que el título de la Copa del Mundo no iba a salir de las manos de los europeos, que antes de Qatar se habían llevado tres torneos consecutivos, casi sin presencia sudamericana en las instancias decisivas. Fue la Pulga el que devolvió la esperanza, sí. Pero detrás hubo un equipo.
Messi encontró en esta última camada la ayuda que no le habían podido dar las anteriores, a pesar de contar siempre con buenos jugadores. Las atajadas del Dibu Martínez, la presencia imponente de Cuti Romero en defensa, la capacidad de desdoblarse para aportar en la recuperación y pisar el área con peligro de Enzo Fernández, Rodrigo De Paul y Alexis Mac Allister, y los goles de Julián Álvarez y Lautaro Martínez fueron el complemento perfecto a lo que Leo siempre generó. Todo sumado a la conducción sobria de Lionel Scaloni, el técnico que logró que el grupo confiara en sus posibilidades y llevara al máximo su rendimiento. Ese mismo DT que todavía no confirmó si seguirá en el futuro y podría ser un factor clave para mantener la confianza.
¿Reinventarse entonces? Tal vez no sea del todo necesario. En ese mismo seleccionado que llegó hasta la final en el último Mundial pueden estar las respuestas para mantenerse en lo más alto. Aunque sí parece claro que todo deberá funcionar a la perfección -o casi- para disimular que ya no está el que pudo acomodar muchas historias que venían torcidas.
