<
>

"Liverpool campeón": crónica de lo que podría haber sido

¿Sólo un sueño? Liverpool campeón ESPN.com

Henderson hace tiempo con la pelota. La toca atrás para Alisson. Alisson la cuida, la guarda, la arrastra hasta el rincón más lejano: el tiro de esquina. Ningún jugador de Crystal Palace se le acerca. El 3-0 es irremontable y Liverpool está a segundos de consagrarse por primera vez campeón de la Premier League. La última vez que el club conquistó el campeonato más importante del fútbol inglés fue en 1990, hace tres décadas. Pasó tanto tiempo que en ese entonces todavía se llamaba Football League.

Anfield parece un corazón a punto de explotar. Los más de 50.000 hinchas revolean sus banderas rojas y lloran desde hace ya varios minutos cuando Firmino, en el minuto 87 y con su definición "no-look", anotó el tercero. El de la goleada. El del título. El del capítulo más importante. El de la historia más linda.

En el otro extremo de la cancha, Salah y Mané levantan la mano. Reclaman un pase largo al área rival. El árbitro adicionó tres minutos y ellos quieren más. Ni con la gloria a su lado se dan por vencidos. Es esa sed de triunfo la que los hace ser los mejores.

En la mitad de cancha, Wijnaldum, Robertson, Fabinho y Gómez parecen seguir concentrados en el partido, pero sus caras ya no disimulan la emoción. Algunas lágrimas escapan de sus ojos y se diferencian de la transpiración porque son gordas y transparentes. La sonrisa cómplice entre los cuatro circula mejor que la pelota.

Quedan solo 60 segundos. Alexander-Arnold y Van Dijk ya no saben si defender o salir corriendo a abrazarse. El tiempo pasa lento cuando uno quiere que pase rápido. Ni los jugadores de Crystal Palace ni el árbitro están metidos en el partido. Los hinchas ahora revolean las banderas y algunos intentan saltar al campo de juego.

Alisson deja la pelota en aquel rincón lejano y se arrodilla con la cara entre sus manos. El árbitro lleva el silbato a la boca y pita el final del encuentro. Nadie lo escucha. La fiesta es grande, ruidosa y muy Red.

La montaña de jugadores en la mitad de cancha es alta. No se sabe quién está abajo ni quién está arriba porque se siguen sumando los suplentes, ayudantes, kinesiólogos, todos. El único que no está ahí es Jürgen Klopp.

Klopp corre a toda velocidad alrededor de la cancha. Su sonrisa es tan grande que pareciera como si se le fuera a escapar de la boca. No se sabe si es la sonrisa la que lo persigue a él o él a la sonrisa. Yo creo que van de la mano. Y están dando la vuelta olímpica que tanto soñaron.

El campo de juego es una obra de arte. Un collage rojo y blanco, pero más rojo que blanco. Si el cuadro se cortara en tres partes, se vería jugadores en cada uno de esos niveles: algunos tirados en el pasto, otros bailando descalzos y varios elevados sobre los hombros de los hinchas. Aún más arriba, por sobre la cabeza de todos, vuelan bufandas, camisetas, cerveza, cotillón. Incluso los anteojos de Klopp cruzan el cielo de Anfield como si fueran una estrella fugaz.

La única razón por la que se paraliza la fiesta es para buscar el trofeo y subir al podio. Es una pausa mentirosa porque la celebración en Liverpool seguirá y lo hará por varios días. Por primera vez en los 28 años de historia de la Premier, el trofeo reposará en las vitrinas del club. Y lo hará en gran compañía, ahí lo espera una tal Orejona.