BAKÚ -- Bajo circunstancias normales, ganar una final europea traería felicidad sin complicaciones. El fútbol tiene todo tipo de áreas grises, toda clase de incertidumbres. Pero teóricamente, levantar una copa europea no debería despertar más que emociones positivas.
Chelsea celebrará esta noche, ¿pero en qué pensará mañana?
Ésta ha sido una temporada muy extraña en Stamford Bridge. Los datos crudos no sugieren otra cosa que éxito: Terminaron terceros en la Premier League, detrás del mejor equipo de esta generación y del equipo que solamente perdió contra ellos por un punto; llegaron a la final de la Copa de la Liga de Inglaterra y cayeron por penales; y ahora ganaron la Europa League, tras propinarle a Arsenal una paliza de 4-1 en Bakú con una gran actuación en el segundo tiempo.
Todo esto debería haber impulsado una ola de positividad en el club, una temporada de éxito innegable y optimismo para el futuro. Pero la realidad es que Chelsea nunca ha vivido tiempos de mayor incertidumbre.
El equipo está a punto de perder a su mejor jugador luego de que Eden Hazard confirmara, minutos después del pitido final, que éste partido seguramente fue su despedida, y las negociaciones de su pase a Real Madrid ahora comenzarán en serio. Es un club que podría estar a punto de perder a su entrenador; Maurizio Sarri no es exactamente el entrenador más popular de todos los tiempos, y podría volver a Italia. Es un club que se encuentra en la antesala de un embargo de transferencias, con vacíos por llenar sin manera de hacerlo.
Lejos de sentirse como el principio de una etapa más exitosa, pareciera que Chelsea ha llegado al tope de la escalera sólo para deslizarse por completo al primer escalón. Ésta ha sido una temporada de triunfo, pero del triunfo más extraño imaginable.
Y esta final probablemente haya sido el cierre más adecuado para una campaña tan extraña. Todo, desde la enorme brecha entre la cancha y las gradas y el estadio lleno a tres cuartos de su capacidad hasta el ritmo relajado del encuentro antes del entretiempo hizo que la final se sintiera más como un amistoso de pretemporada.
El primer tiempo fue tan aburrido que el paquete de "destacados" del entretiempo fue protagonizado por los técnicos estrechándose las manos. A los 10 minutos del segundo tiempo desplegaron una pancarta en las gradas con un mensaje a la UEFA escrito con letras grandes. ¿Sería parte de la protesta en contra de haber montado la final en un lugar tan remoto y geopolíticamente cargado? No, el cartel decía: "Somos parte del fútbol. Gracias a la UEFA por la final". Curioso...
Al final, la UEFA se jactó de que la asistencia oficial de 51.370 personas fue la "tercera más alta de la historia" en una final de la Europa League. Una manera algo menos impresionante de ponerlo sería señalar que unas 12.000 personas más estuvieron presentes la última vez que Arsenal jugó en este estadio, contra Qarabag en la fase de grupos.
Arsenal ganó por 3-0 esa noche, pero en esta ocasión, las cosas se complicaron. Tuvieron una actuación pobre en el primer tiempo y una performance desesperada en el segundo, haciendo una defensa simbólica ante los ataques de Chelsea, y fallando en las pocas chances que crearon.
Este fue un partido crucial para el futuro inmediato de los Gunners, un club que necesita una reconstrucción de manera desesperada y que ahora no tiene al fútbol de la Champions League para tentar a cualquier potencial incorporación. Después de todo, Unai Emery dijo que esta temporada había sido un paso en la dirección correcta, pero de ser así, ha sido uno increíblemente corto.
En cuanto a Sarri, hubiese sido perdonado por saludar la victoria con los dos dedos del medio, elevados en lo alto. Después de una temporada en la que ha sido ampliamente criticado, justa e injustamente, quizá tenía derecho a devolver algunos goles. Y de alguna manera, así lo hizo.
En la conferencia después del partido, lo invitaron más de una vez a comprometer su futuro con Chelsea, pero eligió no hacerlo.
"La temporada terminó hace una hora”, respondió. "Mañana iniciaré las conversaciones con mi club. Tenemos que hablar, por supuesto. Necesitamos saber qué es lo que el club puede hacer por mí y qué es lo mejor que yo puedo hacer por el club. Y creo que el club también necesita hablar conmigo”.
Y cuando le preguntaron si él pensaba que merecía quedarse, su respuesta fue: "Yo creo que sí, pero es sólo mi opinión. Mi opinión no es suficiente".
De alguna manera, este fue el clásico Chelsea, y de hecho un resumen perfecto de esta temporada con Sarri limpiándose la frente con una toalla – quitando el sudor o el champagne del festejo, quizás – mientras no mando ningún mensaje particularmente sutil a sus empleadores.
Es un poco difícil dilucidar qué es lo que sucederá. El club podría decidir que Sarri es simplemente demasiado impopular, y que necesitarán alguien más que los guie en medio de una temporada de transición. O podrían pensar que cambiar de entrenador podría agregar otro punto de conflicto innecesario.
Con respecto a Sarri, sin dudas está en una mejor posición para negociar si es que desea hacer algunos pedidos y quedarse. O de igual manera, podría decidir que el puesto le implicaría muchos más problemas de los que vale la pena hacerse cargo y marcharse.
Este es un club que ahora lleva ganados 16 trofeos, tres de ellos en Europa, en los 16 años desde que Roman Abramovich – que estuvo presente en Bakú, después de una temporada en la que se lo ha visto poco en Stamford Bridge – compró el club. Y en la mayor parte de ese tiempo, han estado en medio de una especie de cambio constante -- con la estabilidad considerada innecesaria y el caos siendo más de su estilo. Si lo que desean es la incertidumbre, van a recibir una buena cuota de la misma.
En esta noche, Chelsea es un equipo exitoso, es el ganador del trofeo europeo después de una temporada realmente extraña. ¿Mañana? ¿Quién sabe? Pero creo que no lo hubiesen querido hacer de otra manera.
