Machillo Ramírez, Alajuelense y el arte de vivir sin rencor entre fútbol y naranjas

A sus 61 años y en su regreso al banquillo rojinegro, el Machillo explicó por qué aprendió a mirar más allá de la pelota y a disfrutar aquello que durante años dejó esperando

ALAJUELA — Durante años, la vida de Óscar Ramírez estuvo marcada por una pelota. Jugó, dirigió, ganó, perdió, volvió a empezar y hasta hubo una época en la que el fútbol se metió tanto en su cabeza que, después de dejar un banquillo, pasó tres meses soñando con él.

Ahora tiene 61 años. Y aunque volvió a aceptar el llamado de Alajuelense, el Machillo entiende la vida de otra manera.

Lo contó durante su presentación como nuevo entrenador rojinegro, cuando ESPN le preguntó por esa tranquilidad que transmite en esta etapa de su vida, en la que el fútbol convive con su familia, su finca y aquellas pequeñas cosas que durante décadas quedaron relegadas por la profesión.

“Los años le van enseñando mucho a uno. Al final, en el proceso anterior me tomaba esto muy duro, pero también llega un momento en la vida en que uno dice: ‘Caramba, ¿solo fútbol?’”, comenzó Ramírez.

Porque el fútbol sigue siendo su vida. Pero ya no es toda su vida.

Ir a su finca en Hojancha de Guanacaste, caminar entre sus cultivos, conversar con personas de campo o encontrarse con alguien que tiene poco y aun así le ofrece lo mejor que posee terminó devolviendo al entrenador a sus propias raíces.

“Es mi vida el fútbol, pero también el hecho de ir a una finca, convivir con gente muy humilde, que se encuentra a uno y le ofrecen hasta el mejor bocado que tienen, eso tiene un valor para mí muy importante, porque mis raíces son muy campesinas”.

Y entonces apareció una de esas reflexiones tan propias del Machillo.

“Muchas veces viene el cuestionamiento: caramba, 50, 55, 60… ¿cuánto falta? Ya ahí estamos cerca de la muerte en algún momento. ¿Qué cosas dejé por el fútbol que me hubiera gustado hacer?”.

El sueño que quedó esperando

Antes de que el fútbol se convirtiera en su vida, Ramírez tenía otro sueño.

Quería ser finquero.

De joven acompañaba a su padre a negociar cerdos, compraba y revendía vacas y hasta recuerda haber comercializado palomos y gallos pequeños junto a su hermano.

“Mi segundo sueño era ser finquero. Yo me metí con mi papá negociando cerdos, comprando vacas, revendiendo; hasta palomos compramos mi hermanillo y yo, y gallos de esos enanos para revender”.

La pelota terminó llevándoselo por otro camino.

Hoy, muchos años después, aquel muchacho regresó de alguna manera a ese primer mundo. Tiene sus naranjas, un pequeño ganado y una finca que visita cada cierto tiempo. Ahí también encontró una forma diferente de medir el paso de los años.

“El otro día fui a la finca y les dije: ‘Muchachos, más esfuerzo, más compromiso, porque ustedes viven de esto’. Yo nada más voy, corto los palos, meto zacate, tengo un ganadillo y lo dejo ahí. Vengo a verlo cada 15 días. Pero es un tema de que ya la vida se te va cortando”.

El Machillo también habló de las cosas que alguna vez parecieron importantes y que con el tiempo dejaron de serlo.

De la casa grande que la sociedad invita a comprar y que años después puede convertirse en una carga. De tener tiempo para su esposa. De poder desaparecer una semana y caminar por una playa sin pensar en el siguiente partido.

“Uno va entendiendo que la vida es ubicarse y ver qué es lo mejor. En mi caso, puedo dar, sí puedo dar, pero también quiero algo de vivencia con mi señora, poder salir una semana, caminar por las playas. ¿Cuánto tengo yo de no hacer una cosa de esas?”.

Volver, pero de otra manera

Esa filosofía explica también por qué esta nueva etapa con Alajuelense fue pactada inicialmente hasta el final del torneo, con opción de continuar.

Ramírez no quiere prometerle al fútbol algo que su cuerpo o su cabeza después no puedan entregar.

Cuatro meses y medio después de alejarse del banquillo rojinegro, recibió la llamada de Carlos Vela y esta vez la respuesta nació desde una sensación sencilla: estaba feliz, descansado y con ganas.

“Si estuviera cansado o sin ganas, creo que lo más responsable sería decirles que no”.

Y volvió.

También porque conoce al grupo y considera que no necesita destruir lo construido. Ya hizo un diagnóstico junto a su hijo y detectó aspectos por mejorar, especialmente recuperar mayor presencia ofensiva por ambos costados y ajustar detalles defensivos.

“Creo que aquí la inteligencia mía es motivar, maximizar más cosas, hablar con los muchachos, hacerles ver lo bueno y corregir poquito. Creo que es de pequeños detalles”.

Es el mismo Óscar Ramírez que piensa en fútbol durante horas, pero quizá ya no sea exactamente el mismo hombre.

Dice que con los años aprendió incluso a dejar atrás el resentimiento. Reconoce que alguna vez fue rencoroso, hasta comprender que cargar con aquello terminaba haciéndole más daño a él que a quien lo había lastimado.

“Simplemente camino la vida sin guardar resentimiento, porque si no sería una carga muy pesada”.

Entre la finca, las naranjas, su familia y una pelota que nunca terminó de soltar, el Machillo volvió a Alajuelense.

Pero esta vez parece hacerlo entendiendo algo que quizá tardó toda una vida en aprender: el fútbol importa muchísimo, pero la vida también pasa mientras se juega.