Mientras Raymundo Fournier acelera a toda velocidad, Angélica Gómez desgañita la garganta. Grita con emoción y nerviosismo, luego observa a su hijo por los aires y ya en calma le mira aterrizar tras un 'no hander'. Respira profundo mientras Puerto Vallarta aplaude.
'El Ray' sólo tiene 16 años, es de Guadalajara, Jalisco y su rostro aún dibuja rasgos de niño, pero sobre la bicicleta se convierte en un monstruo. Es capaz de recorrer 880 metros en un minuto con 38 segundos, pero nada sería igual sin su fiel escudera: Su madre.
"Me dice que no tome y aparte, pues que sea profesional", relata el joven rider con timidez. Las palabras de mamá no son negociables, aún menos en una actividad que exige perfección y disciplina; él obedece en el mandato, pero ella siempre se cerciora por su cuenta.
Todos los competidores acuden a una junta previa y Angélica ronda por los pasillos. Sonríe con amabilidad a quien se cruza y espera con paciencia a su 'pequeño', que ya no lo es tanto, pero más vale estar cerca de él en la siempre complicada adolescencia.
Los problemas de esta familia van más allá de lo normal. Raymundo ya se ha fracturado una muñeca y la sensación nunca es grata. Ella le acompaña en las prácticas y en la competencia, alza una plegaria cada que lo mira a la distancia y agradece al aire después de todo.
'Venga Ray', 'Vamos Ray', gritan una y otra vez mientras él se proyecta sobre la rampa. Dentro de un balcón, su madre alza el rostro con orgullo. Sabe que todo el nerviosismo vale y valdrá la pena mientras su despeinado crío sonría al público, aún exhausto por el recorrido, pero repleto de adrenalina.
