Milésimas de segundo impidieron la gloria de Rommel Pacheco

RÍO DE JANEIRO -- Son milésimas de segundo en lo que puede cambiar una vida. Un abrir y cerrar de ojos que puede catapultar hasta lo más alto o hundir hasta el mismo infierno.

Acaso el sentimiento de triunfo se había apoderado de Rommel Pacheco inconscientemente, una vez que se colocó como segundo en la clasificación previa. Esas milésimas de segundo son las que la separan de la gloria o del infierno mental que vivió a raíz de ese primer clavado.

“No puede ser”, se dijo así mismo cuando salió de la alberca. Sabía que prácticamente se le había escapado la medalla.

Su salto fue calificado con un estrepitoso 45.90 que cruzaban como estaca al corazón la esperanza mexicana de conquistar una segunda medalla.

Se percibía en el ambiente. Su intento simplemente fue el peor de la primera ronda. Las banderas que previamente se agitaron con ánimo, terminaron colgadas en las tribunas sin movimiento alguno.

Quedaban cinco intentos. Sin embargo, cuando se presentó su segunda oportunidad la mejoría no fue lo esperado. Tampoco había sido el mejor intento.

Ahí la gente sabía que se había esfumado cualquier esperanza de medalla. La última posición de la clasificación lo condenaron a la derrota más dura que haya tenido el Rommel, quien ya tenía gacha la cabeza y mirada de resignación.

Había cuatro rondas por delante, por lo que debía terminar sin ser el último de la clasificación. Mientras el chino Yuan Cao exhibía cómo cae un alfiler en el agua, las ejecuciones de Rommel, sin nada que ganar mejoraron.

El tercer clavado significó para muchos mexicanos que acudieron al Centro Acuático María Lenk en el desestrés mental en saber que México se quedaría sin presea, tan acariciada por muchos con los antecedentes de unas semifinales que hacían soñar a todos.

Rommel también entró como aguja a la pileta. Mientras Pacheco se sumergía en el agua, las gradas del lugar parecían resortes que catapultaban a lo más alto.

La idea del regreso comenzó a gestarse. El mexicano buscó la hazaña, el ambiente se respiraba con esperanza, pero quizá ese cuarto salto, con una evaluación de 79.20 volvió a la realidad a todos.

Prácticamente se había ido la presea. Solo correspondía cerrar ‘dignamente´al de Mérida. Todo estaba escrito. La inercia no cambió.

Rommel más concentrado y determinado saltó de los tres metros con dificultad mayor (3.5).

Su entrada al agua mostró al muchacho que por la mañana mantuvo a los mexicanos con la idea de que se obtendría un segundo metal. Sus 84 puntos lo catapultaron en al décimo puesto, pero con una sabor a mejoría destacable que alegró por momento la mala noche mexicana.

En su despedida de Río, Pacheco cerró con broche de oro. Su lanzamiento de cuatro y media vueltas volcó el ánimo de la gente que se puso de pie para ovacionarlo.

El mexicano había cortado la piscina en forma quirúrgica. Los gritos de “México… México… México…” comenzaron a escucharse. La clasificación 96.90 fue el reflejo de un clavado casi perfecto. Rommel se despidió como grande, pero había marcado su destino como chico.

Fueron milésimas de segundo. Movimientos casi perfectos para entrar sin salpicar a nadie. Fueron milésimas de segundo, el mismo tiempo que le impidió colgarse de la gloria.

Su vida sigue igual. Son milésimas de segundo los que separaron a Rommel Pacheco del podio de los inmortales, al terreno de los mortales. Tan cerca de la gloria y lo consume su infierno personal.