La historia de los Mundiales entrega unas cuantas curiosidades estadísticas. Algunas de ellas desaparecieron con el tiempo. El hecho de que las dos grandes potencias, Brasil y Alemania, no se hubieran enfrentado nunca, se cortó recién en 2002, con la final que ganaron 2-0 los sudamericanos. O que Bulgaria no hubiera ganado ningún partido en cinco participaciones, lo que consiguió subsanar en 1994, comandada por un crack como Hristo Stoichkov, para romper la maldición con un 4-0 contra Grecia y después llegar a semifinales. Pero hay una de esas historias que se mantiene vigente y tiene como abnegado protagonista a Escocia, uno de los seleccionados que, por su folklore y sus particulares hinchas, está a la vez entre los más queridos de las Copas del Mundo. Que tuvo ya ocho participaciones y en ninguna superó la fase de grupos, con una pregunta que flota en el aire: ¿todo pasa por una cuestión de escasa jerarquía individual o hay un bloqueo colectivo histórico?
Antes de analizar más en profundidad el tema, conviene saber que la mayoría de los escoceses asume la baja competitividad de su seleccionado con una resignación cercana al humor. Por caso, el libro “We made them angry” (Pitch Pub, 2022), del escritor Tom Brogan sobre la campaña en el Mundial 1982, rescata en su título la frase de uno de los futbolistas que enfrentó en ese torneo a un deslumbrante Brasil, y que podría traducirse como “los hicimos enojar”. Al contrario de lo que se podría suponer, la declaración no fue hecha con satisfacción sino con un sentimiento cercano al lamento o al pavor, cuando los británicos consiguieron ponerse en ventaja y notaron el vendaval futbolístico que se les venía encima.
El mismo texto se hace eco de la satisfacción de John Wark luego de perder 4-1, pero no por su actuación. “Fue divertido cuando el árbitro pitó el final. (Graeme) Souness, (Alan) Hansen y (Kenny) Dalglish fueron directo hacia Zico para conseguir su camiseta, pero él caminó directo a través de ellos y me señaló. Tendrías que haber visto sus caras cuando entré al vestuario con la 10 de Brasil”, se ufanó el delantero, aunque explicó que el crack brasileño sólo lo eligió porque coleccionaba casacas con su número. Ni aquel resultado ni esas situaciones particulares, propias de un equipo que se percibe claramente inferior a las potencias, parecen haber generado la furia que podría haberse suscitado por ejemplo en tierras sudamericanas por un supuesto orgullo nacional herido.
Escocia y la maldición de la fase de grupos en el Mundial
Desde el comienzo quedó claro que para Escocia los Mundiales serían una experiencia tortuosa. En Suiza 1954 se quedó afuera rápidamente con dos caídas y sin haber marcado goles: 0-1 contra Austria y un lapidario 0-7 frente al Uruguay de Obdulio Varela, que defendía el título obtenido en Brasil cuatro años antes. Apenas mejor fue la historia en Suecia 1958: en el debut llegaron el primer tanto, que convirtió Jimmy Murray, por entonces delantero de Hearts, y el primer punto, con un 1-1 contra Yugoslavia. Pero después, sendas caídas 2-3 frente a Paraguay y 1-2 ante Francia, decretaron una nueva eliminación.
Después de 16 años, Escocia regresó a los Mundiales en 1974, donde tuvo su mejor actuación histórica. Pero ni así le alcanzó. Su primer triunfo en la competición, con un 2-0 en el debut contra Zaire (hoy República Democrática del Congo), alimentó la esperanza de meterse entre los ocho mejores. También fue alentador el empate sin goles en la segunda fecha contra Brasil, pero lo dejó obligado a conseguir un triunfo en la última fecha contra Yugoslavia, para no depender de un milagro de los zaireños ante los defensores del título en el otro partido. Nada se dio: el 1-1 frente a los balcánicos, combinado con la goleada 3-0 de Brasil, relegó al Tartan Army a la tercera ubicación por diferencia de goles. Escocia fue el mejor seleccionado de los que no lograron la clasificación a la siguiente fase: terminó noveno en la tabla general del torneo. Justo al borde.
A partir de ahí, sobrevinieron nuevas decepciones, algunas más dolorosas que otras. La de 1978 estuvo entre las más fuertes, porque Escocia contaba con algunos de los futbolistas más relevantes de ese tiempo en Europa y el entrenador, Ally MacLeod, azuzó el optimismo con declaraciones en las que aseguraba que podían ser campeones del mundo. Se marcharon después de caer sorpresivamente 3-1 contra Perú, apenas igualar 1-1 contra el debutante Irán y, ya con la soga al cuello, conseguir una victoria espectacular pero insuficiente por 3-2 ante Países Bajos en el cierre.
Una apostilla sobre esta última frustración: en 1996 se estrenó la exitosa película Trainspotting, de Danny Boyle, que se centra en la vida de un grupo de jóvenes en Edimburgo, la capital de Escocia. La historia contiene algunos guiños futboleros: uno es que su protagonista es hincha de Hibernians, orgulloso club de la capital; otro, y el más importante, es alrededor de un videocasete que tiene grabado el gol espectacular que Archie Gemmill anotó para el inolvidable triunfo ante los neerlandeses. Ese tanto y ese partido son probablemente los puntos más altos de la historia mundialista para Escocia, que ni así consiguió pasar la primera ronda, ya que por sus tropezones anteriores necesitaba imponerse por tres goles de diferencia.
Como virtud, los británicos mostraron su persistencia al acceder a los tres Mundiales siguientes, lo que terminó por agrandar la estadística -y la maldición. Quedaron cerca en 1982, cuando hasta los 15 minutos del segundo tiempo estuvieron arriba en el marcador contra la Unión Soviética y conseguían el triunfo que necesitaban, pero el sueño se desvaneció y el partido terminó 2-2. Cuatro años más tarde, no pudieron quebrar a un Uruguay que jugó casi todo el partido con un hombre menos por la expulsión de José Batista antes del minuto -la más rápida de la historia en Mundiales-, y el 0-0 final significó la clasificación de la Celeste. Y en 1990, después de haber vencido 2-1 a un buen equipo como Suecia, no consiguieron aguantar el empate ante un Brasil ya clasificado, que al vencerlos 1-0 los dejó entre los dos peores terceros, y por lo tanto afuera de octavos de final.
El último capítulo, en 1998, fue con una pobre actuación de la que apenas se puede rescatar un 1-1 contra Noruega, mechado entre una caída previsible frente a Brasil (1-2) en el debut y una estrepitosa con Marruecos (0-3) en el cierre, cuando todavía había alguna chance. Fue el preludio que dejó entrever una caída mayor: después de haber estado en seis de siete Mundiales, Escocia no pudo clasificarse a ninguno de los seis siguientes.
Tal vez no sea posible determinar cuál de muchas causas posibles fue la que más contribuyó a establecer ese techo de cristal que representa la clasificación para la segunda ronda. Por lo pronto, hubiera sido difícil aspirar a mucho más con apenas cuatro victorias en ocho Mundiales disputados. Pero sí podría aventurarse que el principio del camino estuvo marcado por falta de olfato para aprovechar las oportunidades -conseguir algún gol más contra Zaire en el 74- y la irregularidad -empatar con Irán y después ganarle al futuro subcampeón, en el 78. A partir de ahí, cuesta creer que esa bola de nieve que se armó con las sucesivas frustraciones no genere presión en los que además de jugar un Mundial tienen que vencer a los fantasmas que dejaron los planteles anteriores.
Este Mundial 2026 parece ser una ocasión más que propicia para quebrar la racha maldita. Una Copa del Mundo con 48 equipos en la que sólo quedarán 16 afuera en la primera ronda. A Escocia le tocará enfrentar a Brasil, Marruecos y Haití y podría clasificarse incluso como uno de los ocho mejores terceros. Grandes jugadores como Andy Robertson (Liverpool), John McGinn (Aston Villa) y Scott McTominay (Napoli) tendrán la chance de lograr lo que otros cracks no pudieron en el pasado y darle así la alegría esperada a una de las mejores hinchadas del mundo.
