BARCELONA -- “Si nosotros tenemos la pelota, ellos no nos pueden marcar un gol”. La frase, tan simple y llena de una lógica casi vacía, la soltó así de pronto un día Johan Cruyff en la vieja sala de prensa del Camp Nou. Los periodistas, en aquel entonces aún pocos en comparación a la actualidad, se quedaron, nos quedamos, mudos.
Era una de tantas sentencias, de tantas ‘genialidades’, que el añorado holandés puso en el escenario como entrenador. Fue, su forma de entender el futbol, lo que cambió la historia del Barcelona. Los cimientos a partir de los que se transformó la personalidad de un club que ya no fue como antes.
El Barça de Cruyff enlazó una Recopa y una Copa del Rey en sus dos primeras temporadas. La segunda, la más difícil, complicada y dramática, se salvó con ese título en Mestalla que evitó un cese para dar paso a la eternidad. Se conquistó la Liga en 1991 con una temporada triunfal… Y de allí a Wembley.
Desde entonces, desde 1992 y hasta hoy, el Barça ha ganado 13 títulos de Liga por 7 del Real Madrid (a falta de decidirse el de esta campaña). Desde entonces y hasta hoy, pendiente de la final de Cardiff, los dos gigantes se han repartido 5 Champions y el saldo general arroja una ventaja evidente para el club azulgrana: un total de 28 títulos contra 19.
Todo ha sido con base en una idea, a un formato indiscutible que con sus altibajos en el marcador y pequeñas épocas de crisis ha tenido en la pelota al elemento principal. El Madrid es un equipo ganador, por encima de todo. En el Bernabéu está instalada la filosofía de la victoria sin conceder trascendencia ninguna a la manera de conseguirla; en el Camp Nou se entiende ‘la forma’ como un camino a recorrer hasta la meta.
Cruyff impuso esa personalidad que luego tomó, recuperó, Rijkaard y elevó hasta el máximo Guardiola. Van Gaal, de la misma escuela pero mucho más intervencionista, nunca se adaptó de la misma manera que Luis Enrique ha ganado con un método personal pero alejado de aquel fondo y forma. Ganar, siempre, es la meta. El ‘cómo’, sin embargo, marca la diferencia.
Wembley, en 1992, impuso la idea que Wembley, en 2011, transformó en la perfección. El Barça de Guardiola fue intocable, legendario y mayúsculo pero el de Cruyff, el Dream Team, permanece en la memoria por ser un equipo humano.
“Nosotros dábamos espectáculo… O nos lo daban”, recordó una vez Txiki Begiristain. “En defensa a veces éramos un desastre”, concedió en otra ocasión Pep Guardiola. “El secreto estuvo en la relación de camaradería entre nosotros”, explicó en otra Bakero. Era, fue, el grupo encargado de poner esos primeros cimientos que después se han convertido en indiscutibles.
La pelota. Cruyff sentado sobre ella como imagen icónica. La eternidad.
