BUENOS AIRES -- Los iguala su pertenencia al seleccionado que conduce Diego Maradona y cierta bendición genética que los moldeó inspirados para la gambeta en las zonas calientes de la cancha. También tendrán ambos, el próximo 27, la chance de consagrarse campeones de Europa, la Babel del fútbol, cuando disputen, en Roma, la final de la Champions League.
Hablamos de Lionel Messi, la joya del Barcelona en proceso de pulido final, y Carlos Tevez, en sordo conflicto con el Manchester United, club del que muy probablemente se despida luego de este partido.
Por lo demás, uno y otro han tenido una carrera dispar y, a pesar de compartir una técnica refinada, funcionan como modelos casi antagónicos.
Ensimismado en proezas de creciente dificultad (que no siempre llegan a buen puerto), el delantero del Barcelona representa la habilidad en estado puro, inmune a contaminaciones anímicas, presiones del entorno y otras vicisitudes.
Messi juega siempre igual, intenta el mano a mano con cada defensor que se cruza en el horizonte, insinúa la empresa imposible. Más allá del resultado, de las recomendaciones en contrario y de los borrosos datos de la realidad, que parece registrar esporádicamente.
Sus eventuales depresiones, los apagones que se le imputan en especial cuando viste la camiseta argentina (no son pocos los hinchas que, sin resignar admiración, le exigen el esplendor que alcanza en Barcelona) se originan en su mundo interior, son el reflejo de un fastidio recóndito ante el fracaso de un plan privado.
Como quien se casa con la novia del colegio, Lionel, aunque acredita nacimiento deportivo en Rosario (el club Newell´s, para ser precisos) se crió literalmente en Barcelona y, paso a paso, diseñó un perfil de crack ciento por ciento de la casa, donde, dice el propio jugador, le gustaría quedarse toda la vida. Arropado amorosamente por uno de los clubes más poderosos, mecido por el rumor dulce del éxito (viene de ganar la liga y la Copa del Rey), la Champions significa para Messi la gran oportunidad de coronarse como el mejor del planeta.
Carlos Tevez, en cambio, nunca ha tenido un hogar duradero. Bajo el ala de un personaje sospechoso como Kia Joorabchian, partió de Boca en pleno apogeo para emprender una vida deportiva trashumante, que lo obligó a ejercer un don hasta entonces desconocido: su prodigiosa capacidad de adaptación.
Así, se convirtió en héroe del Corinthians de San Pablo, arena adversa como pocas para los argentinos (aunque finalmente se fue peleado con casi todos), y se ganó el corazón de los inconquistables ingleses.
Primero en el West Ham (tuvo la capacidad de sobrellevar sin mella un retroceso profesional) y luego en Manchester United, donde acaba de salir campeón y supo erigirse en ídolo, a pesar de que el entrenador Alex Ferguson lo ha desplazado del grupo de sus preferidos.
Manchester no está dispuesto a pagarle 33 millones de dólares a MSI, el sello de Joorabchian, para retener al Apache, de modo que la gran final europea será, muy probablemente, la última escala de su periplo inglés (lo pretende el Real Madrid). Veremos si Ferguson le da la posibilidad de decir adiós con la pelota al pie o alentando desde el banco de suplentes.
Carismático, de buen humor, Tevez, a la inversa de Messi, registra espontáneamente la temperatura del juego y las exigencias de la tribuna. Y ha cedido sutilezas para redondear una personalidad futbolística combativa, de lucha cuerpo a cuerpo.
El crack guerrero y popular versus la insondable fábrica de fantasías. Sería una buena consigna para promocionar el partido. Pero, en la tierra de la abundancia, este duelo de argentinos es apenas un plato del abundante menú, colmado de nombres ilustres y promesas de un juego grandioso.
