No es habitual que un jugador europeo con chapa de campeón y una larga trayectoria en las Ligas más cotizadas del mundo desembarque en Sudamérica. Tal vez por eso, la llegada de Daniele De Rossi genera fascinación en el mundo del fútbol, y puede definirse como el pase del año en la Superliga Argentina y en el continente. Como si esto fuera poco, el italiano llega nada menos que a Boca, donde todo lo que pasa, para bien o para mal, se potencia al máximo.
Repasando su trayectoria, no quedan dudas sobre la calidad del mediocampista que vestirá la azul y oro. Se dio el lujo de jugar 18 años en la Roma, el único club hasta su llegada al xeneize, donde conquistó cuatro títulos.
Fue campeón del mundo con Italia en el Mundial de Alemania 2006, donde acumuló 117 partidos y 21 goles. Participó en tres mundiales, cuatro Eurocopa, dos Copa Confederaciones. Tras el retiro de Totti se convirtió en capitán de la Roma, donde se acaba de despedir como uno de los máximos ídolos: es el segundo jugador con más presencias de la historia de ese club.
Cuando muchos futbolistas de su edad (tiene 36 años) optan por la opción más fácil, ir a jugar a ligas menores para tener un final de carrera sin sobresaltos y de paso, sumando muchos dólares a la cuenta bancaria, De Rossi decidió salir de la zona de confort.
Llega a un país que no conoce, a una liga dura y difícil y a un club con una gran exigencia. Deberá adaptarse rápido a una cultura distinta y demostrar que puede regalarse un broche de oro que se encuentre a la altura de su carrera.
Dice un viejo refrán que el amor todo lo puede. De Rossi se encargó desde hace tiempo y a la distancia de demostrar un genuino amor por Boca. No lo hizo, como suele ocurrir, para “vender humo” y ganarse a los hinchas con frases comunes.
Lo que muchos se preguntan es: ¿cómo nació esa pasión por Boca? El propio futbolista declaró que surgió desde chico, por seguir a Diego Armando Maradona, por lo que significa poder jugar en un estadio como La Bombonera, por la pasión que muestra en cada partido la hinchada, por lo que le transmitieron compañeros y amigos, como el manager Nicolás Burdisso o el volante Leandro Paredes, otro ex canterano xeneize.
Sin dudas, el cariño de la gente xeneize se lo tiene ganado de antemano, sin jugar. El italiano corre, mete, juega, reúne todas las características para ser ídolo en el club de la Ribera. Pero ahora llegará lo más difícil: deberá ganarse ese afecto, también, por lo que haga dentro del campo de juego.
